¿Por qué leer Atrapa a la liebre de Lana Bastašić?
Porque pocas veces un viaje en coche consigue llevarnos tan lejos sin dejar de recorrer el mismo territorio, los recuerdos del pasado. Doce años después de haber perdido el contacto, Sara recibe en Dublín una llamada de Lejla, su amiga de infancia. Le pide que vuelva a Bosnia y la acompañe hasta Viena para buscar a Armin, su hermano desaparecido durante la guerra. Sara acepta y las dos emprenden un viaje en coche que atraviesa los Balcanes, pero también los recuerdos de una amistad construida antes, durante y después de que la guerra alterara definitivamente el mundo en el que habían crecido.
Hasta aquí, Atrapa a la liebre podría parecer una road trip literaria bastante reconocible en la que dos personajes, una carretera y un destino funcionan como excusa para obligarlos a permanecer juntos. Pero Lana Bastašić utiliza esa estructura y le da una vuelta de tuerca ya que cuanto más avanzan Sara y Lejla hacia Viena, menos claro resulta que estén avanzando hacia alguna parte. Y es que el verdadero viaje sucede hacia atrás.
Una amistad que no puede contarse de una sola manera
Sara es quien cuenta la historia y, desde las primeras páginas, parece controlar el relato. Conocemos a Lejla a través de sus recuerdos, de sus juicios, de la fascinación que todavía ejerce sobre ella y también de cierto resentimiento que los años no han conseguido borrar. Pronto empezamos a sospechar que tener la voz no significa necesariamente tener razón. Ahí está, para mí, uno de los mayores aciertos de la novela. Bastašić construye una primera persona que no pretende ofrecernos una versión objetiva de lo sucedido y es que nos obliga a mirar constantemente la distancia entre lo que Sara cuenta y lo que quizá ocurrió. La memoria selecciona, reorganiza, justifica… escribir sobre otra persona implica inevitablemente apropiarse de una parte de su historia.
Por eso Atrapa a la liebre puede leerse como una novela sobre la amistad femenina, pero reducirla a eso sería quedarse bastante cerca de la superficie. Sara y Lejla no solo recuerdan de manera diferente sino que no han ocupado el mismo lugar dentro de la historia que comparten… Sara pudo marcharse y Lejla se quedó. Esa diferencia atraviesa todo lo que una puede contar sobre la otra.

Bosnia como un particular País de las Maravillas
La referencia a Alicia en el país de las maravillas recorre toda la novela y está lejos de ser un simple juego literario. Bastašić ha explicado que al releer a Lewis Carroll reconoció algo de su propia infancia en la Bosnia de los años noventa; describe un mundo gobernado por unas reglas creadas por adultos que, vistas desde los ojos de una niña, resultaban incomprensibles, arbitrarias y a menudo violentas. Ese diálogo con Alicia estructura la novela en doce capítulos y convierte el viaje de Sara en una particular caída por la madriguera. Pero aquí el País de las Maravillas es Bosnia, un lugar en el que los nombres importan, la lengua importa y la identidad que los demás atribuyen a una persona puede terminar determinando su vida. Lejla, musulmana, y Sara, serbia, fueron amigas antes de comprender del todo lo que esas etiquetas significaban. La guerra se encargó después de enseñarles que no eran inocentes.
Bastašić consigue hablar de todo ello sin convertir la novela en una explicación histórica del conflicto de los Balcanes.
¿Quién cuenta a quién?
Hay algo especialmente interesante en que Sara sea escritora y es que ella posee las palabras. Es quien reconstruye el pasado, quien decide qué episodios merecen ser recordados y quien nos presenta a Lejla. Nosotros solo podemos conocer a su amiga a través de ella. La propia Bastašić ha relacionado la construcción de la novela con Lolita, de Nabokov. No por su argumento, evidentemente, sino por el desequilibrio que se produce cuando uno de los personajes posee el privilegio de narrar mientras el otro queda atrapado dentro de su versión de los hechos. Sara puede contar a Lejla pero Lejla, en cambio, solo puede interrumpirla. Quizá por eso resulta un personaje tan magnético, tenemos la sensación permanente de que existe una Lejla que Sara nunca llegará a comprender del todo y a la que nosotros tampoco tendremos acceso.
