He visto La bola negra en el Festival de San Sebastián y llevo todo el día con dos sensaciones intensas. La primera es que tengo el corazón encogido y a Guitarricadelafuente metido en la cabeza; la segunda, que necesito saber más. Saber más de Rafael Rodríguez Rapún, de su relación con Federico García Lorca, de La Barraca, de aquellos Sonetos del amor oscuro que durante tanto tiempo escondieron también la identidad de sus destinatarios. Saber más de Alberto Conejero y de La piedra oscura, la obra que escribió después de casi dos años investigando la vida de Rapún y que está en el origen de la película. Saber más, incluso, de esas pocas páginas de La bola negra que Lorca dejó sin terminar cuando lo asesinaron en 1936. Salir del cine catapultado a investigar es una maravilla que no ocurre muy a menudo.
La Guerra Civil española está narrada, contada y requeterrepresentada. La hemos leído, estudiado, visto y contado tantas veces que existe incluso cierta tentación de considerarla un territorio agotado, un relato sobre la guerra que ya hemos visto, otro relato sobre Lorca, otra historia sobre heridas que siguen abiertas. La cuestión no es contar muchas veces una historia, sino ser consciente de quién había establecido el punto de vista hasta ahora. Ahí es donde La bola negra encuentra, para mí, un lugar diferente. Javier Calvo y Javier Ambrossi no hacen un biopic de Lorca ni reconstruyen simplemente un episodio de nuestra historia. Toman unos materiales que existen, otros que quedaron incompletos y otros que durante décadas permanecieron invisibles para construir una conversación entre tres momentos: 1932, 1937 y 2017. Tres hombres, tres vidas y una misma corriente subterránea hecha de deseo, miedo, culpa, silencio y herencia.

No hace falta conocer exactamente lo que sucedió en una familia para heredar un miedo, una prohibición, una forma de callarse, incluso una manera de entender quién se supone que debemos ser. La bola negra habla mucho de esa idea, de cómo se construyen las familias sobre los silencios, lo que damos por supuesto y lo que cada generación hace con los silencios de la anterior.
Las tres historias no están simplemente colocadas una junto a otra sino que clara y diáfanamente están dialogando frente a nuestra mirada de espectador. Cada historia modifica nuestra manera de mirar la siguiente y la siguiente nos obliga a volver mentalmente a la anterior. El guion, firmado por Calvo, Ambrossi y Conejero, va componiendo poco a poco un rompecabezas en el que las piezas no terminan de revelar su forma hasta que otras aparecen muchos años después.
He pasado los 159 minutos de metraje pegada al asiento, he llorado, me he reído y he disfrutado muchísimo. He salido del cine con el corazón encogido y una canción en la cabeza. Horas después sigo igual, pero ahora tengo también una lista de cosas que quiero leer o revisitar: a Lorca, a Conejero, la historia de Rapún y aquellas páginas que se mencionan y quedaron sin terminar. A veces pensamos que una historia está agotada porque ha sido contada muchas veces y ando pensando todo el día que en este caso ha sucedido lo contrario. Tantas historias sobre la guerra civil nos han permitido, muchos años y varias generaciones después, tener un puzzle un poco más completo del escenario.
La bola negra, ¡a Hollywood!
