Durante más de ochenta años, la voz más reconocible de Naciones Unidas ha sido siempre la de un hombre. Desde su creación en 1945, nueve hombres han ocupado la Secretaría General de la organización y, hasta ahora, ninguna mujer lo ha hecho todavía. El dato resulta tan rotundo que obliga a detenerse en él. La ONU ha defendido la igualdad entre mujeres y hombres, ha creado organismos específicos para impulsarla y ha pedido a los Estados que abran sus instituciones a la participación femenina, sin embargo, nunca ha elegido a una mujer para ocupar su puesto más visible y simbólico.
En los próximos meses esto podría cambiar. La carrera para suceder a António Guterres está encabezada en estos momentos por dos mujeres de Latinoamérica y el Caribe: la costarricense Rebeca Grynspan y la guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett. La reciente retirada de Michelle Bachelet ha situado sus candidaturas en primer plano, aunque el resultado sigue abierto y el procedimiento cuenta con apoyos públicos y también con vetos que se negocian en privado. La posibilidad de que una mujer dirija por primera vez Naciones Unidas vuelve a colocar ante nosotros una pregunta que va mucho más allá de esta elección. ¿Qué sucede cuando una mujer entra en un espacio de poder que nunca fue pensado para ella? ¿Basta con ocuparlo para transformarlo? ¿O exige aprender, aceptar y reproducir las mismas reglas que durante décadas dificultaron su acceso?
Rebeca Grynspan y Carolyn Rodrigues-Birkett

Grynspan y Rodrigues-Birkett han llegado hasta este lugar por caminos diferentes. Grynspan, economista y exvicepresidenta de Costa Rica, ha desarrollado buena parte de su trayectoria en organismos internacionales. Fue secretaria general iberoamericana y ha dirigido la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, es decir, conoce la organización desde dentro y domina sus códigos. Por su parte, la trayectoria de Rodrigues-Birkett es menos conocida en Europa. Nació en Santa Rosa, una comunidad indígena de Guyana, comenzó trabajando como maestra y llegó a ser ministra de Asuntos Amerindios, ministra de Exteriores y representante permanente de su país ante Naciones Unidas. Su candidatura cuenta con el respaldo de la Comunidad del Caribe y, si fuera elegida, sería no solo la primera mujer al frente de la ONU, sino también la primera persona procedente del Caribe.

Las dos encabezan ahora las votaciones informales del Consejo de Seguridad, aunque ninguna tiene asegurada la elección. Sus países, sus biografías y sus experiencias políticas son distintas y precisamente por eso resulta interesante que hayan llegado al mismo umbral. Durante siglos se ha hablado de las mujeres como si formaran un grupo homogéneo, también cuando alcanzan posiciones de responsabilidad. Se habla de liderazgo femenino, de una mayor capacidad para escuchar o alcanzar acuerdos y de una forma más cercana de ejercer la autoridad. Ambas son cualidades que pueden encontrarse en muchas mujeres y que también pueden encontrarse en muchos hombres. Convertir estas cualidades en atributos femeninos supone una nueva expectativa que pesa sobre estas mujeres que caminan en tierra inhóspita para ellas.
Las mujeres estaban en la ONU, pero no en el centro
La ausencia de una secretaria general no significa, por supuesto, que las mujeres hayan estado ausentes de la historia de Naciones Unidas. Han trabajado en sus organismos, participado en negociaciones, construido acuerdos sobre el terreno buena parte de sus políticas humanitarias. Lo que no han ocupado hasta ahora es el lugar desde el que esa historia se representa y se cuenta. Y puede parecer nimio pero la diferencia importa y mucho: no es lo mismo participar en una institución que ponerle voz, no es lo mismo contribuir a las decisiones que aparecer ante el mundo como la persona que las encarna. El poder también consiste en ser visible, en tener la capacidad de nombrar los problemas y en tener una autoría sobre las decisiones tomadas.
Desde 1945, nueve hombres han desempeñado esa función. Todos ellos se han convertido, en mayor o menor medida, en el rostro de la organización durante su mandato. El hecho de que ninguna mujer haya ocupado todavía ese lugar nos habla de una ausencia real y de una ausencia simbólica. La posibilidad de que Grynspan o Rodrigues-Birkett lleguen a la Secretaría General rompería esa continuidad masculina. Una niña podría ver por primera vez a una mujer hablando desde el atril de Naciones Unidas como la máxima autoridad de la institución.
Aprender las reglas de la casa

Otro cantar, arduo y silencioso, es entender cómo se lleva a cabo la elección de la persona que dirige Naciones Unidas. En teoría es un proceso abierto a todos sus Estados miembros pero realmente la decisión se concentra en muy pocas manos. El Consejo de Seguridad propone un nombre y la Asamblea General formaliza después el nombramiento. Para llegar hasta allí, cualquier candidatura necesita superar el filtro de los cinco miembros permanentes del Consejo: Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido.
Por tanto no es suficiente reunir muchos apoyos, es necesario no ser rechazada por ninguna de las grandes potencias con derecho de veto. Las consultas previas se celebran a puerta cerrada, los miembros del Consejo pueden alentar o desalentar una candidatura y no se hace público qué país ha emitido cada voto. Las aspirantes avanzan sin conocer del todo quién los respalda, quién las bloquea ni qué intereses deberán conciliar para continuar en la carrera. En los últimos años se han incorporado comparecencias públicas en aras de que el procedimiento sea algo más transparente que en el pasado, pero su núcleo continúa protegido por el secreto. La organización que representa a 193 países elige a su principal figura mediante una negociación en la que realmente tienen voz y voto cinco de ellos.
Estas reglas no afectan únicamente a las mujeres, cualquier aspirante debe someterse a ellas aunque resultan especialmente significativas cuando observamos históricamente el acceso femenino al poder. En cualquier caso, la cuestión nuclear es qué sucede después, qué sucede cuando una mujer logra atravesar la puerta. Puede utilizar ese conocimiento para conservar el lugar alcanzado o puede intentar modificar las condiciones que hicieron tan difícil su llegada.
¿Ocupar el poder o transformarlo?
La elección de una mujer como secretaria general de la ONU sería histórica. Pero, como tantas otras, la palabra «histórica» se utiliza a veces con demasiada facilidad. La primera mujer que ocupa un cargo rompe una barrera, aunque eso no significa necesariamente que cambie las estructuras que la levantaron. Grynspan o Rodrigues-Birkett, si alguna resulta elegida, tendría que dirigir una organización condicionada por los mismos vetos, equilibrios e intereses que limitaron a sus antecesores. Tendría que hacerlo, además, en un momento marcado por las guerras y las dificultades económicas de la propia institución. Existe incluso una expresión para describir las situaciones en las que las mujeres acceden al poder cuando el escenario es especialmente frágil: el precipicio de cristal. La oportunidad aparece, pero lo hace cuando las posibilidades de fracaso son mayores y el coste de la responsabilidad también lo es.
La primera secretaria general recibiría una enorme atención precisamente por ser la primera. Cada decisión sería analizada no solo como una decisión política, sino también como la decisión de una mujer. Sus errores podrían utilizarse para juzgar su capacidad y la de quienes llegaran después. Esta una carga que rara vez acompaña a los hombres, a quienes se permite representar únicamente su propia trayectoria. También se esperaría de ella que encarnase el cambio; seguramente le pediríamos firmeza y capacidad de diálogo, autoridad y cercanía, ambición y prudencia. Tendría que ser distinta, pero no tanto como para poner en peligro los acuerdos que permitieron elegirla.
«¡Sí, señora!»
¡Sí, señora! es una película documental que nace del interés genuino que me provoca este momento, esta ruptura, este «hemos llegado». Aunque no tanto por la llegada como por lo que sucede después, por la distancia que existe entre ocupar el poder, ejercerlo y conseguir transformarlo. El proyecto quiere acercarse a mujeres que ostentan o han ostentado poder político para escuchar sus experiencias, sus diferencias y también sus contradicciones. Quiero saber qué reglas encontraron, cuáles aceptaron, cuáles decidieron romper y cuánto de sí mismas tuvieron que dejar fuera para poder permanecer dentro. No busco demostrar que las mujeres ejercen el poder mejor que los hombres. Esa afirmación sería tan simplificadora como pensar que todas gobiernan del mismo modo. Me interesa averiguar si la llegada de mujeres distintas a lugares que durante siglos estuvieron reservados para el poder masculino modifica las preguntas, las prioridades o las formas de ejercer la autoridad.
La carrera por la Secretaría General de Naciones Unidas contiene buena parte de esas cuestiones. Grynspan y Rodrigues-Birkett ya han alcanzado un lugar que ninguna mujer había ocupado con tantas posibilidades en la historia de la organización. Ahora nos falta saber si alguna conseguirá superar esa última puerta y, sobre todo, qué margen encontrará para actuar una vez dentro. Si una de ellas resulta elegida, la ONU hará historia. Pero hacer historia no consiste únicamente en ser la primera también significa conseguir que esa presencia no sea una excepción, abrir el camino para las que lleguen después y dejar un relato propio sobre el poder ejercido. Tal vez dentro de unos meses el mundo escuche por primera vez dos palabras que deberían haber llegado mucho antes a Naciones Unidas: «Sí, señora».
Entonces comenzará la pregunta verdaderamente importante: ¿cambiará el poder cuando cambie quien lo ejerce?
